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La danza de la realidad - III PDF Imprimir E-Mail
escrito por Alejandro Jodorowsky   
En cierta ocasión un joven de mi edad, 19 años, de mirada inteligente, cuerpo altivo y delgado, voz de barítono africano, manos de aristócrata, se subió en la silla de las confesiones y balanceándose como un metrónomo, después de colocarse un espejo oval como máscara, se puso a recitar un largo poema. Era Enrique Lihn. Ya a esa edad estaba habitado por el genio de la poesía. Su talento despertó en mí una gran admiración, Obtuve por unos amigos comunes su dirección y fui a buscarlo a la casa donde habitaba con sus padres, en el barrio Providencia, que en ese entonces era considerado como muy alejado del centro de la ciudad. Las calles estaban bordeadas de frondosos árboles y las casas eran pequeñas, de un solo piso, con patios donde crecían árboles frutales.
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Malos rollos PDF Imprimir E-Mail
escrito por Juan Manuel de Prada   
“Escritor con inspiración agotada busca una musa amable y elocuente, para mojar la pluma en el centro de su corazón”. No se crean que soy yo el autor de este llamamiento (mi inspiración, aunque maltrecha y vapuleada por un uso constante, sigue acudiendo a mis peticiones de auxilio), sino uno de los casi tres mil anunciantes anónimos del periódico TeleEncuentros, que semanalmente invade los quioscos con su cargamento de almas solitarias, convertido en una especie de catastro sentimental o Boletín Oficial del Estado de la Entrepierna. El periódico divide su mercancía por regiones (perdón, autonomías) y establece distinciones según el tipo de relación solicitada (amistosa, heterosexual, homosexual, mediopensionista, trifásica, etcétera), en un repertorio agotador que tiene algo de batiburrillo tipográfico o arca de Noé donde las especies animales hubiesen sido sustituídas por un mogollón de náufragos que, antes de resignarse a su destino impío, lanzan una botella al mar.
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Virtudes PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gustavo Vega   
Cualidades necesarias para triunfar hoy en día: - Ignorancia de lo que pasa alrededor, de lo lejano, de lo ajeno, de la historia, de las causas de las cosas, estar convencido de que cualquier cosa que digas es correcta por derecho innato, ignorar incluso que hay otros que saben más y podrían hacerlo mejor. - Desvergüenza al mostrar tus impulsos egoístas y codiciosos, soltar lo primero que pasa por tu mente, gritarlo, insultar a cualquiera que ponga en duda tus afirmaciones, pasar por encima de las cabezas de los tímidos y reservados. - Mentira descarada para justificar como sea lo que beneficia tus intereses, mantener esa justificación contra toda evidencia o razonamiento, llamar embusteros a los que se oponen a tus planes. - Insensibilidad ante los sentimientos ajenos, falta total de compasión o comprensión, negar o minimizar el sufrimiento de las víctimas, despreciar a los sensibles que lloran.
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Elisa, ayúdame por favor PDF Imprimir E-Mail
escrito por Guillermo Fadanelli   
- Los estúpidos se entienden bien entre ellos, no cabe duda, y si se entienden a la perfección es que son más estúpidos de lo normal. Elisa miraba la televisión sentada en la cama con un cigarro en la boca y en posición de flor de loto. ¿Por qué se llama así a esa posición en la que se colocan las piernas como cazuela? No quiero saberlo, no quiero escuchar a un sabelotodo recitándome de memoria lo que leyó en la enciclopedia. - ¿Por qué dices cosas raras? Lo que estas diciendo es una tontería, me respondió ella, fastidiada. - ¿Por qué es una tontería? Yo le encuentro mucho sentido. - Porque sucede exactamente al revés, son los idiotas quienes no se entienden cuando hablan.
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La mujer objeto PDF Imprimir E-Mail
escrito por Juan Manuel de Prada   
Me exasperó que en la recepción del hotel me tendieran un formulario donde se hacían preguntas capciosas o inconstitucionales. ¿Se declara usted monárquico?, leí entre el repertorio inquisitivo, un poco más abajo se incorporaba esta otra pregunta infamante: ¿Cual es la naturaleza de sus tendencias sexuales?, y también: ¿Profesa usted alguna religión?. Había un apartado dedicado a la minusvalía física, donde se invitaba al cliente a confesarlas sin rebozo. Afronté la sonrisa necia y como petrificada del recepcionista: “Esto me parece intolerable. ¿Que les importan a ustedes estas intimidades?”, escupí, con más desprecio que furor. El recepcionista parpadeó con una servil perplejidad, la sonrisa se le había quedado enganchada en los labios, como un molusco pérfido: ”No está obligado a contestar nada, señor De Prada. Vivimos en un Estado de Derecho que otorga plena libertad a sus súbditos, perdón, ciudadanos. Pero nuestro hotel, en su afán por ofrecer a su clientela el mejor servicio, desea hacer su estancia lo mas agradable posible. Uno de nuestros objetivos más inequívocos consiste en satisfacer a las minorías. No queremos que nadie se sienta discriminado...”.
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