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El arte de Santiago Sierra sabe como levantar ampollas. Cargado de reivindicaciones sociales y políticas desde sus comienzos, denuncia la explotación y alineación engendrada por el sistema económico actual. Todas sus intervenciones conllevan un ejercicio de reflexión, donde la producción artística desempeña un papel estratégico. En “245 metros cúbicos” convirtió la sinagoga de Pulheim (Stommeln, Alemania) en una cámara de gas. A través de las ventanas con unas mangueras canalizó las emisiones de gas de seis coches, situados en el exterior. Los visitantes entraban con máscaras antigás y corrían un peligro mínimo de muerte. Iban acompañados por un bombero voluntario ya que ningún profesional quiso cubrir ese trabajo. Quería honrar así a las víctimas del holocausto y del capital, pero se clausuró por las quejas de la comunidad judía alemana. A esta obra la completa "Los Castigados", realizada en Frankfurt en una feria de arte. Emplazó a varios ciudadanos alemanes, todos nacidos antes de 1939, a mirar la pared durante intervalos de media hora.
En la Casa del Pueblo de Bucarest, emblemático edificio del comunismo, reunió a 396 mujeres en “El Pasillo de la Casa del Pueblo”. En un corredor negro de 240 metros de largo, 120 centímetros de ancho y 2 metros de altura; colocadas a ambos lados del pasillo repetían en rumano la frase "dame dinero" a todos los visitantes que hacían el itinerario. En la última Bienal de Venecia, Santiago Sierra (Madrid, 1966. Desde 1995 vive en México) construyó un enorme muro en la entrada del pabellón español y colocó dos guardias que sólo permitían el acceso a visitantes españoles. ¿Tema? La inmigración. Hasta el director de la Bienal se quedó fuera. Tomando como punto de partida el minimalismo, Sierra intenta demostrar cómo el espacio, el cuerpo y las relaciones humanos están dominadas por las leyes del mercado. |