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Leigh Bowery emerge en la escena nocturna londinense a principios de los 80, en un momento de franca regresión de las libertades individuales. Unos años duros que veían el imparable avance de la pandemia del SIDA (enfermedad que se llevaría a Bowery en 1994) y el crecimiento del neoconservadurismo en la política, la sociedad y, por supuesto, el arte. Ante esa vuelta al orden, Bowery persigue la subversión de todo valor establecido. Extravagante e incorrecto, sus diseños para vestuario transgreden cualquier categoría: desdeña la utilidad de los trajes, ignora las distinciones entre géneros (sexopolítica) o las restricciones marcadas por los cánones tradicionales de belleza. Anticipándose en una década a algunos de los postulados del movimiento queer, Bowery reivindica su cuerpo como herramienta crítica, como campo de batalla que le permite experimentar el dolor, el miedo o el placer. El cuerpo se convierte en el medio privilegiado a través del cual transmitir las sensaciones más extremas a una audiencia desorientada, llave para la deconstrucción (léase, destripamiento) de las jerarquías sexuales. Desnaturalizar el sexo, como se había desnaturalizado el género. Apología de la máscara y el maquillaje, no como simple elogio de la apariencia y la superficie, sino como juego identitario, disolución del yo, desvelamiento de un travestismo social generalizado pero escondido.
Más allá del glam o el punk, en una línea que conduce a la performace más radical de los 60 y 70, Bowery, como Io, siente su carnalidad. No se trata de huir de la realidad hacia el mundo paralelo de unos clubs repletos de noctámbulos ávidos de sensaciones placenteras. No hablamos de un hedonismo provocador, irresponsable y despreocupado. ¿Cómo encajar sino una performance en la que Bowery aparece colgado bocabajo con sus genitales repletos de pinzas de madera?, ¿cómo interpretar una acción en la que extrae de sus entrañas a una mujer desnuda embadurnada de sangre y lubricante? En ocasiones el placer y el dolor están muy próximos. La felicidad que conlleva el autoconocimiento se alterna con la angustia que provoca descubrir tu verdadera identidad. Y entonces, cuando el escándalo pasa a un segundo plano, cuando el dolor aprieta y el tabú te mata, sólo quedan un puñado de cuadritos que otros se encargarán de vender. |