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escrito por Lina Nadal
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A M.J.C nunca le ha tocado nada. Ni las vajillas que sortea la caja de ahorros, ni las cestas de navidad del supermercado, ni los rasca y gana de las bolsas de patatas fritas, ni la pedrea con las participaciones de lotería del colegio de los niños, ni los regalos del roscón. Nada.
Al principio, trató de invertir la caprichosa influencia que el azar ejercía en su vida, y cada vez que de niña sabía que la bolita que la podía convertir en capitana del equipo se escondía en la mano derecha de su compañera, elegía sin dudar: -Izquierda-. Un rato después, cuando estaba claro que no iba a ser ella la capitana, siempre le quedaba la certeza de que cualquiera que hubiera sido su elección, habría sucedido lo mismo.
Resignada pues, a prescindir de las ayudas de la casualidad, se acostumbró a no hacer nunca cola en la ventanilla del funcionario más rápido o de la cajera experimentada, ésa que teclea de memoria la referencia cada vez que el escáner no lee el código de barras. Se acostumbró a que siempre fueran otros los que encuentran dinero en la calle, los que consiguen aparcar el coche justo en la puerta de casa, o comprar -ha tenido usted suerte- el último ejemplar que queda en la tienda, de un libro ya descatalogado.
Se enamoró de un hombre al que conocía de toda la vida. Nada de encuentros fortuitos en un cine, en un viaje, ni asientos correlativos en un avión, ni siquiera sintió nacer de repente la pasión a raíz de un acontecimiento inesperado. Su historia de amor sin sobresaltos se había gestado enlazando pequeñas rutinas del día a día y se desarrolló sin sorpresas y con hijos. Dos. Ninguno nació con habilidades portentosas. Ni ninguno las desarrolló luego.
M.J.C nunca lee los horóscopos, no juega a las cartas, no pasa la mano por la espalda a los jorobados, no se levanta con el pie derecho, ni le preocupa derramar la sal, ver un gato negro o pasar por debajo de las escaleras. M.J.C no reza a ningún dios, ni tiene amuletos, no pide un deseo al soplar las velas ni se siente obligada a comer doce uvas o estornudar tres veces.
M.J.C se siente libre frente al destino. Libre porque ha aprendido a no esperar del azar nada que ella misma no haya buscado. Este pensamiento la reconforta mientras camina al atardecer por la orilla del mar con la brisa golpeándole la cara y el pelo. La misma brisa que golpeará el tronco de una de las 963 palmeras del paseo, la palmera que escapó el verano pasado a la fumigación con Propiconazol para erradicar la plaga mortal de Diocalandra, y que situada justo al lado de M.J.C conseguirá que por primera vez en su vida, la mínima probabilidad entre lo improbable, la posibilidad más remota, le acabe tocando a ella. |