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La mujer objeto PDF Imprimir E-Mail
escrito por Juan Manuel de Prada   
Me exasperó que en la recepción del hotel me tendieran un formulario donde se hacían preguntas capciosas o inconstitucionales. ¿Se declara usted monárquico?, leí entre el repertorio inquisitivo, un poco más abajo se incorporaba esta otra pregunta infamante: ¿Cual es la naturaleza de sus tendencias sexuales?, y también: ¿Profesa usted alguna religión?. Había un apartado dedicado a la minusvalía física, donde se invitaba al cliente a confesarlas sin rebozo. Afronté la sonrisa necia y como petrificada del recepcionista: “Esto me parece intolerable. ¿Que les importan a ustedes estas intimidades?”, escupí, con más desprecio que furor. El recepcionista parpadeó con una servil perplejidad, la sonrisa se le había quedado enganchada en los labios, como un molusco pérfido: ”No está obligado a contestar nada, señor De Prada. Vivimos en un Estado de Derecho que otorga plena libertad a sus súbditos, perdón, ciudadanos. Pero nuestro hotel, en su afán por ofrecer a su clientela el mejor servicio, desea hacer su estancia lo mas agradable posible. Uno de nuestros objetivos más inequívocos consiste en satisfacer a las minorías. No queremos que nadie se sienta discriminado...”. Interrumpí su perorata con un ademán tajante de la mano, que quizás me quedo demasiado autoritario en pleno Estado de Derecho. "¿Y para eso necesitan saber si yo soy cristiano o monárquico?” -El sarcasmo me supuraba por las comisuras de los labios-. No me joda, hombre. El recepcionista, un poco alfeñique o chisgarabís, balbució: “Es que en algunas habitaciones hemos instalado crucifijos y retratos de Su Majestad, y no quisiéramos herir sensibilidades...” Lo corté hastiado: “Deme una habitación modelo estandar, y déjese de mamarrachadas". El enfado me duró mientras el ascensor me depositaba en un pasillo de suelos enmoquetados, perfumado por una musiquita infamante. Me habían adjudicado una habitación escondida en el último recodo del pasillo, como si me tratase de un apestado al que quisieran mantener alejado de las infinitas minorías étnicas, religiosas, políticas y sexuales que allí pernoctaban. Hurgué con la llave en la cerradura y empujé con enojo la puerta. Una mujer joven, de formas apremiantes bajo la ropa ceñida, se interponía en el vestíbulo. “Disculpe, he debido de equivocarme”, balbucí. “iOh, no, no! Usted es el señor De Prada, ¿verdad? Esta es su habitación", dijo ella; tenía un rostro pizpireto, quizá un poco lascivo, y unos andares almohadillados, casi felinos. Observé con agrado que el culo se le desbordaba un poco, a la altura de las caderas, por efecto de la celulitis. "Entonces no comprendo que hace usted aquí", murmure, haciéndome el duro. La muchacha se llevo las manos a las mejillas, para reprimir su pasmo: “!No me diga que no han acertado!”. Sus senos se rebulleron bajo el suéter, como cachorros ahitos y agazapados. “¿No han acertado el qué?”, pregunté. Su tendencia sexual, dijo ella, con risueña consternación. Entonces la muchacha me explicó que el hotel ofrecía a sus clientes, entre otros servicios, la compañía de una señorita que amenizara sus noches. Su misión, como la de los canales de pago del televisor o el minibar, consistía en estar ahí, a modo de estafermo; si decidía utilizarla como receptora de mis monólogos, tendría que desembolsar una calderilla; si además, deseaba que me calentase las sabanas, o incluso el organismo, tendría que acoquinar cantidades menos exiguas. La muchacha hablaba como si arrastrase una borrachera de anís y se contoneaba al andar. Cuando concluyó su alocución, se aposento en un taburete y cruzó las piernas, mostrando mas allá de las medias un atisbo de carne blanca como un continente de harina en el que me hubiese gustado asfixiarme. ¡Pero esto es inadmisible!, -exclamé, herido en la víscera del civismo-. “¿Que hotel de mierda es éste que emplea a las mujeres para desempeñar los mas sórdidos oficios? ¿A esto han quedado reducidas las proclamas feministas que reclamaban igualdad de derechos para la mujer?”. La muchacha me miraba desde su taburete con ojos voluptuosos y cansados, como apiadándose de mí. En eso se equivoca, señor De Prada -me atajó, algo soliviantada-. En este hotel nos regimos por un exacto sistema de cuotas. En la mitad de las habitaciones hay chicos de compañía, prestos a satisfacer a nuestra clientela femenina, o a señores de gustos heterodoxos. Nuestras máximas de conducta son el respeto a las minorías y la igualdad entre sexos. ¿O es que no sabe que vivimos en un Estado de Derecho?. Y se colocaba los senos en el sostén. Bajó los labios de vehemente carmín, creí atisbarle unos dientes de aspecto carnívoro. Entonces, milagrosamente, desperté de la pesadilla.
 
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