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Elisa, ayúdame por favor PDF Imprimir E-Mail
escrito por Guillermo Fadanelli   
- Los estúpidos se entienden bien entre ellos, no cabe duda, y si se entienden a la perfección es que son más estúpidos de lo normal. Elisa miraba la televisión sentada en la cama con un cigarro en la boca y en posición de flor de loto. ¿Por qué se llama así a esa posición en la que se colocan las piernas como cazuela? No quiero saberlo, no quiero escuchar a un sabelotodo recitándome de memoria lo que leyó en la enciclopedia. - ¿Por qué dices cosas raras? Lo que estas diciendo es una tontería, me respondió ella, fastidiada. - ¿Por qué es una tontería? Yo le encuentro mucho sentido. - Porque sucede exactamente al revés, son los idiotas quienes no se entienden cuando hablan. Elisa estaba casi desnuda y el sudor de un día de actividades le daba un olor a hembra en vigilia, a carne salada. Como disfrutaba el que Elisa estuviera un poco sucia después de dos o tres días sin bañase, más si esos días habían estado colmados de actividades que la obligaban a mover el culo por toda la ciudad. - Si cualquiera puede entenderte es que sólo dices pendejadas, argumenté. Se trataba de una verdad evidente, al menos para mí. Para estar desnuda sólo le hacía falta desprenderse de sus pantaletas color humo medio gastadas y de sus calcetas negras, como deseaba verla arrojar sus calcetas al piso para correr y metérmelas en la boca. Sin embargo, mi deseo no se vería satisfecho porque ella se encontraba muy a gusto con sus pies cubiertos mirando el televisor sin volumen. Desde que decidimos vivir juntos, y de esto hará casi seis meses, Elisa prefiere ver el televisor a un volumen muy bajo. - Tienes graves problemas de inseguridad y sólo quieres llamar la atención - argumentaba contra mí, solemne, con la seriedad de un médico que nos ofrece las noticias del diagnóstico fatal. Entre más te conozco más convencida estoy de que tuviste una infancia muy difícil. Si nuestros padres supieran que la falta de cariño y de buenos tratos tiene efectos tan graves en nuestra edad adulta, tendrían mas cuidado en lo que hacen y dicen. - Tienes que ayudarme a superar esto, Elisa. Ni yo mismo sé por qué tomo esta actitud aunque estaba fingiendo, ella, mi Elisa, jamás se daría cuenta de tan mínimo detalle. Elisa creía en las palabras y en la motivación personal y en el amor de pareja. - Sí, mi amor, cuenta siempre conmigo - me excitaba tanto que me dijera mi amor en ese tonito estúpido. Quería lamerle las piernas y morderle el cuello.¡Quería hacerle cochinadas!. - En el fondo soy alguien muy indefenso y todo me da miedo, tal vez sea esto la causa de mi agresividad - me encontraba de pie al pie de la cama. Ella me observaba acurrucada en su flor de loto. - No, mi chiquito, Elisa nunca va a dejarte solo, ¿para qué entonces somos una pareja? se incorporó encadenándome con sus brazos. Estaba tan cerca de mí y su olor salvaje me oprimía los testículos con la boca de un cascanueces. Nadie sabe lo ingrato que resulta tener tan cerca a una mujer que no sabe lo que su cuerpo quiere. Su cuerpo y yo lo sabíamos, ella no. - Voy a confesarte algo, Elisa - lo dije tan bien dicho que incluso llegué a conmoverme: cuando te veo desnuda pienso que jamás podré poseerte, no se bien como explicártelo, tu cuerpo es tan bello y yo tan miserable, me sucede desde hace tiempo, sé que tengo un problema muy grave. - Perdóname, pero eso no es verdad, si en algún lugar no eres tímido es en la cama, al contrario, eres desvergonzado y a veces hasta violento. - Sí, lo soy - tuve que admitirlo -, sin embargo, esa es la prueba de mi debilidad, necesito convencerme que soy digno de una mujer como tú, ésa es la razón de mi agresividad y mi vehemencia. Tú no sabes la clase de fantasmas que rondan dentro de mí, ayúdame, por favor. - Mi muchachito, exclamó, ¿cómo puedes pensar esas cosas? Estás mas enfermo de lo que supuse. Mira, te voy a demostrar que en el amor no hay amos ni esclavos, sólo amigos, dos seres que se aman y que desean compartir sus cuerpos y su amor, dijo y acto seguido, cumpliendo al pie de la letra la más vulgar de las predicciones, lanzó al aire sus pantaletas color humo y sus calcetas negras. ¡Estaba sucediendo!. - No hagas eso Elisa, le rogué. - No, chiquito, tienes que acostumbrarte. Hoy es el primer día de una nueva vida para tí. Voy a darte ese amor que por desgracia te fue negado cuando eras un niño - por supuesto no resistí y me lancé sobre su cuerpo mientras ella me susurraba al oído: "Sí, nene, quiéreme, no tengas miedo" -. - Hicimos lo que haría cualquier par de estúpidos sobre la cama y luego de una hora de jadeos y movimientos forzados, Elisa se echo a roncar. Precavido, con el sudor de su piel untado todavía a mi cuerpo, abandoné el camastro, tomé sus calcetas negras, sus pantaletas y corrí al baño. Extraje de la lavadora una bolsita de jabón Roma y desesperado comencé a tallar las prendas contra el lavabo. Mi pene estaba tan duro como la porra de un policía. Cuando termine de lavar y las prendas quedaron limpias como la espuma, me hinqué frente a la taza del baño y eyaculé. Los ronquidos de Elisa provenientes de la recámara colmaban el departamento y en la calle un borracho vociferaba maldiciendo la avaricia y la mala voluntad de los hombres.
 
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