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escrito por Juan Manuel de Prada
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“Escritor con inspiración agotada busca una musa amable y elocuente, para mojar la pluma en el centro de su corazón”. No se crean que soy yo el autor de este llamamiento (mi inspiración, aunque maltrecha y vapuleada por un uso constante, sigue acudiendo a mis peticiones de auxilio), sino uno de los casi tres mil anunciantes anónimos del periódico TeleEncuentros, que semanalmente invade los quioscos con su cargamento de almas solitarias, convertido en una especie de catastro sentimental o Boletín Oficial del Estado de la Entrepierna. El periódico divide su mercancía por regiones (perdón, autonomías) y establece distinciones según el tipo de relación solicitada (amistosa, heterosexual, homosexual, mediopensionista, trifásica, etcétera), en un repertorio agotador que tiene algo de batiburrillo tipográfico o arca de Noé donde las especies animales hubiesen sido sustituídas por un mogollón de náufragos que, antes de resignarse a su destino impío, lanzan una botella al mar.
Claro que, ahora que lo pienso, el requisito de la soledad distingue este periódico del arca de Noé, cuyos inquilinos se contaban por parejas. Los mensajes, en su mayoría, adolecen de un prosa funcionarial y previsible, pero de vez en cuando la monotonía es alterada por chispazos de ingenio, lo cual demuestra que el talante español propende al sarcasmo, aún en los momentos de mayor penuria o tribulación. “Empiezo a sospechar que con mi media naranja alguien se ha hecho un zumo” bromea alguien, dándole la vuelta al tópico; ”Capullito de alhelí busca mujer florero para quedar bien ante las visitas”, leemos en otro lugar, en un alarde de ironía botánica. Los homosexuales emplean reclamos menos eufemísticos y protocolarios que los heterosexuales (entre quienes se reiteran los epítetos de “afectuoso, comprensivo y desinteresado” para los caballeros, y “dulce, cariñosa y sensible” para las señoras): “Percherón de 51 años, grande, gordo y con lugar de encuentro busca jinete con mucho aguante”, profiere alguien, con desvergüenza equina o estabularia. Por cierto, que la proliferación de anunciantes “gordos” o “rellenitos” (aunque la descripción suele completarse con un adversativo y promisorio “pero cachondos”) demuestra que la adiposidad es un acicate de la lujuria. O que los gordos están siendo relegados a un arrabal de soledad. Pero quizá el requisito más repetido entre la multitud de anunciantes que asoman su miseria o su angustia o su chulería a las páginas de este periódico consista en exigir a sus hipotéticas parejas que se abstengan de introducir “malos rollos” en la relación. Estos “malos rollos” podrían entenderse como arrebatos de histeria, vínculos matrimoniales, proles engorrosas, adicciones ocultas, perversiones estrafalarias o tendencias depresivas, si no fuera porque la expresión se utiliza con un caracter demasiado expeditivo, como una especie de muletilla disuasoria. A la postre, he deducido que “malos rollos” es un sinónimo elusivo de “biografía”. Los anunciantes de este periódico parecen anhelar un encuentro aséptico y sin compromisos, donde el presente se alce como referencia absoluta, sin engorrosas remisiones al pasado ni aspiraciones utópicas a un futuro inexistente. Parece como si estuviesen proponiendo una cita a ciegas, y, entre las exigencias de su convocatoria, no se recataran en reclamar partenaires también ciegos y, por añadidura, sordos y amnésicos, personas desgajadas de su biografía que no los manchen con las salpicaduras de la complicación. No creo que quienes acuden impudicamente a estas tómbolas del amor sean individuos tarados ni psicópatas de incógnito. Más bien creo que componen una representación bastante apañada del rompecabezas social, una muestra infalible de las desazones que nos afligen a quienes, por pusilanimidad o engreimiento, preferimos acallar nuestros anhelos con un maquillaje de normalidad. Hemos aceptado la idea un tanto fatua e inverosímil de que la vida puede ser desposeída de “malos rollos”, como si se trase de un álgebra exacta, ajena los azares y a la fatalidad. Pero las vidas ajenas, como la propia, poseen una trastienda de pecados en fermento y desazones que proyectan su sombra sobre el prójimo, y cuando nos empeñamos en extirpar esa sombra estamos renunciando al abismo palpitante y sutilísimo que nos distingue de las bestias y los autómatas. Buscamos en los otros un conglomerado químicamente puro, exento de malos rollos, que no son sino los posos que la vida nos va sedimentando, la aureola que otorga brillo a nuestra mirada y grandeza a nuestras elecciones. ¿Qué seríamos sin esos malos rollos? Apenas una carne impertérrita, un aburrido repertorio de mezquindades y pornografía, caminantes sonámbulos en un pasadizo de encuentros y desencuentros que envuelven nuestra alma en la sustancia profiláctica del miedo. Porque quien solicita un amor sin malos rollos está declarando su miedo a vivir.
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