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escrito por Alejandro Jodorowsky
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En cierta ocasión un joven de mi edad, 19 años, de mirada inteligente, cuerpo altivo y delgado, voz de barítono africano, manos de aristócrata, se subió en la silla de las confesiones y balanceándose como un metrónomo, después de colocarse un espejo oval como máscara, se puso a recitar un largo poema. Era Enrique Lihn. Ya a esa edad estaba habitado por el genio de la poesía. Su talento despertó en mí una gran admiración, Obtuve por unos amigos comunes su dirección y fui a buscarlo a la casa donde habitaba con sus padres, en el barrio Providencia, que en ese entonces era considerado como muy alejado del centro de la ciudad. Las calles estaban bordeadas de frondosos árboles y las casas eran pequeñas, de un solo piso, con patios donde crecían árboles frutales.
Nervioso, hice resonar la mano de cobre que servía de llamador en la puerta. Me abrió el poeta. Con el ceño fruncido, gruñó:
- ¡Ah, el organizador de fiestas! ¿Qué quieres?
- Quiero ser tu amigo.
- ¿Eres homosexual?
- No.
- Entonces, ¿por qué quieres ser mi amigo?
- Porque admiro tu poesía.
- Comprendo, yo no cuento, lo que te interesa son mis versos. Entra.
Su cuarto era pequeño, su cama estrecha, su armario enano. Sin embargo aquello estaba convertido en un palacio: Lihn, con letras menudas, llenas de ángulos, hacia cubierto las paredes y el techo de poemas. También los postigos y los cristales de la ventana, los muebles, la puerta, las tablas del suelo, el pergamino de la lámpara. Y a esto se agregaban montones de hojas manuscritas, versos cubriendo el blanco de los libros; billetes de tranvía, boletos de cine, servilletas de papel, conteniendo a duras penas sus versos. Me sentí sumergido en un compacto mar de letras. Donde posaba mi mirada surgía un canto torturado pero hermoso.
- ¡Que lastima, Enrique, esta obra maravillosa se va a perder!
- No importa: los sueños también se pierden y nosotros mismos, poco a poco, nos disolvemos. La poesía, sombra de un águila que vuela hacia el sol, no puede dejar huellas en la tierra. La oración que más complace a los dioses es el sacrificio. Un poema llega a su perfección, cual ave Fénix, cuando arde...
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