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Comenzaron las vacaciones y la familia estaba muy entusiasmada: siempre se conforman con tan poco. Mi hermana fue a comprarse un traje de baño corriente: 20 mil pesos y las manchas de menstruación podrán verse en ambos lados de la tela. Mi hermano introdujo en su maleta de plástico un frasco que contenía aceite de coco; en el camino de la ciudad a la playa el aceite se derramó y sus playeras absorbieron el líquido poniéndose tiesas como un cartón.
Mi padre tiene la barriga abultada; he visto el desprecio con que lo miran cuando se pasea en la playa vistiendo sólo un traje de baño. Antes de partir estuvo reparando su auto viejo, compró llantas y cambió algunas piezas del motor; lo compró hace dos meses en un lote con sus ahorros de burócrata, nunca había tenido uno; en la carretera el auto se averió un par de veces pero él nunca perdió la esperanza, sonreía como si nada hubiera pasado; en realidad quería ocultar ante nosotros, sus hijos, que era un pobre diablo deseoso de olvidar su actividad detrás de un escritorio. En el camino subía el volumen del radio y balbuceaba las letras; todas las canciones hablaban sobre amor, traiciones, penas: música para derrotados. Mi madre no poseía voluntad, iba allí en el asiento delantero como un maniquí viejo; había colocado en el espejo retrovisor la imagen de un santo de su devoción. Nunca había sido feliz, su blusa lucía diminutas manchas de clarasol, y sus manos, olorosas a crema barata, nos acariciaban de vez en cuando. Alquilamos un cuarto de 40 mil pesos diarios con una cama grande que ocupaba la mayor parte del espacio y un par de catres recargados en la pared; una cucaracha salía del orificio donde emergían también los cables de luz y atravesaba el techo lentamente, se detenía al borde de una gran mancha de humedad y luego seguía su camino. Para ahorrar el mayor dinero posible mi madre iba al mercado del puerto a comprar provisiones, de modo que comíamos dentro del hotel; luego durante el resto del día el cuarto olía a aguacate y tortilla. El mar estaba sucio, las olas arrastraban platos de cartón, botes de cerveza y otras miserias; en la arena mi padre inventaba algún juego entupido pero sólo mi hermana aceptaba jugar con él. No lo hacía porque le divirtiera sino por mostrarles las nalgas a los bañistas. Soy pobre pero estoy buena, esa es la filosofía de todas las adolescentes que viven en la Moctezuma o en la Portales. Cuando mi padre se excitaba mirando a alguna de esas adolescentes, inventaba un pretexto, tomaba a mi madre del brazo y volvía al hotel; al regresar nosotros, los tres hijos, el cuarto no olía solo a aguacate y tortilla sino a otros olores desagradables, además la sábana húmeda se impregnaba al colchón haciendo que se transparentaran una infinidad de pequeñas manchas de oxido. Sólo estuvimos tres días porque el dinero se acabó, restándonos solamente el monto exacto de un tanque de gasolina. En casa todo volvió a la normalidad, el lunes comenzaran las clases: mi hermano será como mi padre y mi hermana tendrá una vida similar a la de mi madre; yo en cuanto pueda me largaré de aquí. |