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Nunca debí abandonar mi carrera de ingeniería. De haber soportado tan sólo unos meses más dentro del aula hoy sería un hombre distinto. Estaría construyendo puentes para que la gente de mi pueblo lograra trasladarse de un lugar a otro: estaría, sin duda, contribuyendo al progreso humano.
Sin embargo, las malas decisiones han terminado por minar mis facultades y también mi salud. Me pregunto: ¿Por qué tengo que estar escribiendo acerca de culos y vergas cuando a mí, lo que en verdad me interesa, es el arte barroco del siglo XVII? ¿Por qué debo estar emparentado con Miller y Bukowski si mi libro de cabecera es Sin temor a equivocarse de Selecciones de Reader Digest? Y, finalmente, ¿por qué mierda tengo que ir a un antro como el Barba Azul si disfruto enormemente tomando una copa de fresas con crema en el Denny's de Insurgentes? Lo primero que se me ocurrió cuando llegue al Barba Azul fue que de un lugar al que resultaba tan fácil entrar, tendría que ser muy difícil salir. La orquesta resoplaba en conjunto y un enjambre de ficheras pululaba en un rincón de la pista. Trompudas, carnosas, sufridas, miraban a su alrededor como si observaran la panorámica de un cementerio: ¿En cuál de todas esas tumbas habrían enterrado una dentadura de plata? Todas las mesas del primer piso estaban ocupadas, así que conseguí una silla y fui a sentarme en la mesa donde varias ficheras tomaban un descanso, comentaban los acontecimientos de la noche y espiaban a sus próximas víctimas. "¿Y tú por qué te sientas aquí?" Dijo una. La pregunta era, obviamente, una invitación para irme a otra parte. "Siempre he querido ser puta, déjenme estar aquí con ustedes aunque sea una noche, les juro que no les quito clientes." Nunca sabré por qué las mujeres fingen estar ofendidas cuando les dices putas, aunque lo sean. "Me llamo Araceli -me extendió sus cinco dedos engarzados con anillos baratos- y más puta debe ser tu madre." Ahora los ojos y oídos de todos esos buitres nocturnos se habían posado sobre de mí; de una respuesta ingeniosa dependía mi estancia en esa mesa, ¿por qué hasta con estas pirujas debía de aprobar un examen? ¿Por qué no me dejaban en paz? ¿Habría a esa hora alguien comiendo fresas con crema en el Denny's de Insurgentes? Frente a las muchachas, mi ingenio ensombreció: "Tienes razón, y en el caso de tu madre la puta es la hija." Respondí sin causar efecto alguno en mi pequeño auditorio. Afortunadamente, la orquesta interpretaba con pasión El jardín de los cerezos dando pie a que algunos burócratas cachondos se acercaran a nuestra mesa para invitar a bailar a las beldades. "¿Y a ti por qué nadie te saca a bailar si eres la mas hermosa?" Le pregunte a una chaparrita con cara de sapo y ojos color zapote. A diferencia de sus primas a ella parecía no importarle ser ingeniosa, "pues porque son unos hijos de la chingada, "¿y tú por qué no me sacas?" "Pues por la misma razón, y además no tengo un centavo, si tuviera no sólo te sacaría a bailar sino te pondría una casa en Las Lomas." "Toma un trago", dijo extendiéndome su vaso con Bacardí, Coca Cola y hielo; cualquiera que haya bebido eso conoce perfectamente el sabor de la derrota. - ¿Cómo te llamas? - Dije Guillermo Juárez. - Ay que mamón, ¿y para qué me dices el apellido? - Es que así puede apellidarse tu próximo hijo - eso era una vulgaridad. - ¿Oye, no eres actor, me parece que te he visto en una película? - Si, tengo un pequeño papel en Lola la trailera. - Ahhhhhh - exclamó con cierta desconfianza, abriendo la boca, mostrándome sus dientes pequeños y humedeciéndose la garganta con un sorbo de Bacardí. Las ficheras sabían vestirse: zapatos de charol color granada, blusas con lentejuelas brillantes, cinturones dorados, minifaldas pegadas a la cintura con Resistol; muchas de ellas tenían los ojos rasgados, una mezcla entre geishas y maquiladoras taiwanesas. Las paredes ostentaban altorelieves de sirenas chichonas, guapas morenas luciendo modernos pezones fosforescentes, y llamas rojas simulando un cálido infierno. En algún momento me levanté de la mesa y acaricié los senos de un altorelieve. Las pirujas se rieron y Araceli, empeñada en conversar conmigo me comentó: "Se me hace que tú te chaqueteas enfrente de la Diana Cazadora." Las pirujas volvieron a reírse, seguramente ningún sociólogo les había informado que representaban uno de los niveles más bajos del estrato social. "Por lo menos esta no cobra y está mucho más buena que ustedes." dije. "Pinche muerto de hambre", concluyó una largirucha lechosa que de no ser por su escandaloso maquillaje podría ser recepcionista en un anfiteatro. Cansado de tanta vulgaridad y sin esperanza de regresar a la mesa (mi silla había sido ocupada precisamente por la largirucha), busqué un refugio en el segundo piso. Atravesé la sala abriéndome paso entre borrachos a punto de evaporar su salario mínimo y entre parejas de casados que cumplían veinte o treinta años de martirio. A lo largo de la escalera una fila de voyeurs desempleados miraban a las chicas como si estuvieran viendo pececitos en el acuario. El segundo piso representaba un mundo diferente; aunque se suponía que estaba acondicionado para funcionar como segunda pista de baile - incluso había un templete para otra orquesta -, servía más bien como almacén de deshechos; allí las ficheras cansadas de talonear, los cinturitas, una madre resignada por el destino de su hija, reposaban ocultos entre las sombras. Alguna risotada esporádica, el llanto de un borracho, pero nada más, acaso una conversación en voz baja. Entré al baño empujado por un férreo determinismo biológico. Mientras orinaba, un tipo se empeñó en limpiarme la espalda con un cepillo. "Seguro piensas que este es un trabajo honrado, ¿no?" Le dije, pero é1, rostro de cera, a esas horas ya no escuchaba a nadie. Me extendió un platito de plástico esperando una considerable propina, lo sostuvo frente a mi cara mientras yo luchaba por subirme la bragueta. Cuando se enteró que era un pobre diablo como él, me dio la espalda y volvió a sentarse en su sillita de madera. En la puerta, a punto de abandonar aquella bodega de mierda y orines le dije: "No te preocupes, los comunistas están a punto de tomar el poder." Cansado de ejercer el idioma español en aquel cabaret de la Colonia Obrera, me senté en una especie de banca acojinada, muy cómoda. Si hubiera sido pintor aquellos personajes me habrían parecido propios de un cuadro de Otto Dix, si hubiera sido cineasta me habrían parecido actores de una película de Fassbinder, y si hubiera sido fotógrafo me sentiría en medio de los modelos más retorcidos de Diane Arbus; pero como era un fracasado, desertor de la honrosa carrera de ingeniería, me parecían lo que eran, putas, padrotes vulgares y burócratas borrachos. ¿Quedarían aún fresas en el Denny's de Insurgentes? Serían más de las cuatro de la mañana cuando abrí los ojos. La tercera orquesta en turno interpretaba La Blusa azul y el mismo ambiente sombrío continuaba imperando en el segundo piso. La chaparrita con cara de sapo se hallaba sentada junto a mí. ¿No era un hermoso despertar? "Pensé que te habías ido", me dijo muy sonriente. "¿Sin despedirme de ti? No, ¿cómo crees?" Se llamaba Estefanía y tendría aproximadamente treinta años, el escote de su vestido le atravesaba los senos por la mitad y la entrepiema de sus pantaletas tenía dibujado un letrerito que decía Cómeme. Estuvimos hablando de cualquier cosa, finanzas, moda, arte, hasta casi el amanecer. "¿No tienes dinero, verdad?" Me preguntó. Iba a responderle: "No, por fortuna", pero como ya éramos amigos le dije: "No, por desgracia." Entonces me tomó de la mano llevándome a un rincón aún más obscuro. "Te la voy a chupar gratis nada más porque eres muy simpático." Y efectivamente, bajo el cierre de mi bragueta pegando sus labios carnosos a una verga tímida y desconfiada; absorbiendo ansiosamente mi esperma como si fuera el ultimo artículo de una despensa de la Conasupo. Mientras Estefanía se entretenía yo veía pasar a los últimos sobrevivientes de la noche ir hacia el baño, observaba a las ficheras tomar sus abrigos y salir acompañadas de un varón, de un cliente, del padrote o de la madre que no había podido costearles sus estudios de Administración de Empresas Turísticas. A las seis de la mañana me despedí de la bella Estefanía ofreciéndole un beso en la mejilla y recomendándole pagar sus impuestos. "Pagar impuestos es por el bien de todos." Frente a mí se desplegaba un nuevo amanecer, un nuevo día, un futuro lleno de incertidumbre. Caminé apesadumbrado hacia la estación mas próxima del metro y me perdí en las multitudes compuestas por cientos de Estefanías que en lugar de fichar en el Barba Azul habían decidido ingresar al mundo de la cibernética inscribiéndose en un Instituto Técnico de Computación. |