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La prima Marie Claire era treinta años mayor que yo. No había que intimar demasiado con ella para adivinar que se trataba de una mujer carente de escrúpulos y pudor. No había tampoco que ser demasiado perspicaz para saber que haría todo lo posible por acorralarme hasta que, indefenso, no tuviera más remedio que meterme entre sus piernas. A los cincuenta años –al menos esa es la idea que poseo acerca de ellas–, las mujeres regularmente se tranquilizan, cuidan de sus hijos y nietos, son respetables, no andan como la prima Marie Claire intentando seducir adolescentes.
Sin un peso en la bolsa y dueño de un futuro incierto, mi única salida en aquel entonces consistió en escuchar los consejos de la viuda para servirle de compañía. Ella fue el único familiar que se ofreció a tenderme la mano. Se lo agradezco, aunque después de todo, creo haber pagado con creces su caridad. Pobre de mí, ¿cómo es que se había vuelto tan puta? La primera señal de su liviandad fueron esos siniestros calzones rojos, allí, en la superficie de la cama, rojos y transparentes, ligados en los costados por dos delicados monitos negros. ¿Qué chingados hacían esos calzones rojos sobre mi cama? Los tomé haciendo una mueca de repugnancia pues aquellas prendas rezumaban un incisivo olor a desinfectante. En la puerta de mi recámara estaba Marie Claire, sus ojos brillaban, encima llevaba puesto un camisón de seda a través del cual se transparentaban sus tetas elásticas. “¿Por qué no te atreves a ponerlos en su lugar?”, dijo refiriéndose a los calzones, “¡Claro que los voy a poner en su lugar!”, dije tirándolos al bote de la basura plantado al pie de la puerta, un botecito forrado de papel crepé que ella había confeccionado especialmente para mis desperdicios. Marie Claire dio media vuelta y se fue, con la frente en alto, como una emperatriz entrando a la catedral para cantar el Te Deum. Pero no se rindió, a la semana de sucedido el incidente de los calzones, volvió a la carga: la comida transcurría en silencio, el vino era corriente pero podía beberse, el pan de centeno comenzaba a endurecerse pero conservaba aún su sabor, fue el olor y sabor de los espárragos lo que me puso en alerta, un sabor particularmente rancio y un olor a vinagre concentrado fueron suficientes para advertir a Marie Claire: “Prima, creo que los espárragos están podridos.” Sin alterarse –recordaré esta escena durante el resto de mis días–, desplazó una mano hasta colocarla en medio de sus piernas y del fondo de su pucha infame extrajo un espárrago dejándolo con estudiada delicadeza encima de mi plato. “Marie Claire eres una pinche puta, me largo ahora mismo de esta...” Pero no pude terminar la frase porque el asco me obligo a correr hasta el baño y descargar la masa de espárragos en el excusado. Por supuesto que no me fui: trabajar era peor, la pucha de Marie Claire era preferible a cualquier gerente exigiéndome las cuentas del día. Para ella no pasó desapercibido mi profundo desprecio hacia el trabajo y a partir de entonces se descaró: se paseaba por la casa casi desnuda, me hacía strip tease delante de la pantalla del televisor, le añadía jumbina a la sopa, me alquilaba videos pornográficos; una noche frente a mi cama se introdujo en la vagina un pescado entero que media más de treinta centímetros: lo sacaba y lo metía, lo sacaba y lo metía, el pescado perdió las aletas, la cola, al final era solo un bulto descarnado que había perdido la forma. "Marie Claire por favor –le suplicaba– ¡Lárgate con tu pescado a chingar a tu madre!" Fue entonces que mi prima dijo lo que debió haberme dicho desde el principio ahorrándose la farsa y los denigrantes espectáculos a los que acostumbraba someterme. “¡Si no te metes a la cama conmigo mañana mismo te largas, agarras tus cosas y te largas!” ¿Sabían lo que eso significaba? Media hora después me hallaba en su recámara suplicándole clemencia, una recamara marchita, untada en las paredes de un papel tapiz amarillento. Junto a su cama, sobre un buró de madera, estaba la foto de un hombre de quien nunca supe su identidad. Sin maquillaje, oliendo a ese maldito pescado, sus flácidas tetas girando como las aspas de un ventilador, Marie Claire abusaba de mí. “¿No que no, huevón pervertido?”, gritaba lujuriosa montada sobre mi cuerpo que se contraía presa del asco, como si fuera un gusano alcanzado por el fuego. Me concentraba para no salir de allí corriendo, pensaba en mi infancia, en los juegos de niño bajo las arboledas; cada vez que me ponía el culo en la boca pensaba en el rostro avinagrado de un gerente pidiéndome cuentas, cada vez que me restregaba la cara con sus tetas de plastilina pensaba en el largo martirio de la semana inglesa, en la posibilidad de tener que levantarme a las 7 de la mañana todos los días: sus gemidos eran preferibles a la voz del jefe de oficina instruyéndome sobre mi derecho a un pequeño aumento de sueldo si llegaba temprano durante tres meses. “¡Cógeme Marie Claire!” Le gritaba enloquecido presa del asco y del miedo. “¡Cógeme Marie Claire!”, y excitado por el terror que me causaba su cercanía continuaba gritando, como si los gritos aliviaran en algo aquel prolongado suplicio. Desde esa noche me acostumbré al pescado, a los gemidos obscenos, a los espárragos babeantes; desde entonces vivo feliz al lado de Marie Claire. |