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Tardes de estío a bordo del "Azor" PDF Imprimir E-Mail
escrito por Borja Hermoso desde El Mundo   

El yate de recreo de Franco, desvencijado y anclado entre campos de trigo en Cogollos (Burgos), es hoy el espectacular reclamo de un motel y un asador, y recibe cada día la visita de decenas de atónitos turistas. Algunos hasta se quedan a dormir en él.

 

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Hará cosa de 37 ó 38 años, en La Concha, Francisco Franco Bahamonde, tocado con gorrita de ancla bordada y embutido en una blazer azul marino de botones dorados, prismático en ristre, miraba de reojo a los atunes que, lejanos o inventados, nadaban apaciblemente por el proceloso Cantábrico, el mar favorito del Generalísimo, que tenía calle a su nombre hasta en San Sebastián. Pero no sólo a los atunes miraba Franco con el rabillo del ojo, también a sus ministros, que, raudos como espermatozoides supersónicos, acudían al yate y al Palacio de Ayete para atender la convocatoria estival del jefe, que en vacaciones seguía mandando mucho.

Mientras, los joyeros más selectos de la ciudad atendían solícitos (y dispuestos a no cobrar llegado el caso) a su clienta más ilustre, doña Carmen Polo de Franco, quien, a nada que estuviera oreja avizor, debía de oír la bromita que circulaba por San Sebastián durante las vacaciones del dictador: “Ay, este hombre... no hace otra cosa en verano: de Ayete al yate y del yate a Ayete”.

Hoy, Ayete ya no es residencia privada del caudillo, sino parque público para papás, mamás y niños que no saben ni quién era Franco, o de lejos. Y el yate, el yate Azor, ya no surca las aguas verdeazuladas frente a las costas de Zumaya, Fuenterrabía o Guetaria, porque está anclado definitivamente entre los ocres campos de trigo que se extienden frente al pueblecito burgalés de Cogollos. Ya no hay marquesas o almirantes en el Azor. Y sí turistas incrédulos que hacen fotos a los desconchados del barco. Turistas que, después del momento revival, comerán chuletillas en el asador de enfrente y dormirán en el motel de al lado. En el Motel Azor.

 No hay constancia de que Carmen Martínez Bordiu o Felipe González –viejos conocidos del Azor– se hayan llegado hasta Cogollos para medir sus respectivos niveles de nostalgia, pero flotan entre los campos de trigo ciertos efluvios de leyenda: hay allí, entre el motel y el asador, un trozo de la Historia de España, pero un trozo desvencijado, mancillado, desconchado, descolorido, machacado, crujiente, cualquier día se hunde con dos señoras de Badajoz dentro, cualquier día cae una tromba de agua sobre estos lares y acaba por disolver en el olvido la reliquia naval de aquel dictador que cazaba cachalotes a cañonazos, amén de otras piezas.

Cualquier día terminan de volatilizarse las virutas de madera de fresno y sicomoro sobre las que almirantes, capitanes, caudillos y padres de reyes tomaban decisiones importantes, a veces capitales (25 de agosto de 1948, por ejemplo, cuando en las denominadas Conversaciones del Azor Franco y Don Juan de Borbón acordaron que el entonces príncipe y hoy Rey estudiara en España). Cualquier día alguien en el Ministerio de Defensa, o de Cultura, o de Miscelánea y Filatelia, caen en la cuenta de que es tarde, de que ya es tarde para que el Azor remonte el vuelo.

Ni siquiera tiene por ahora el yate de recreo de Franco el alivio de una muerte rápida, de un desguace postrero, de un desmontaje como la estatua de marras en Nuevos Ministerios. La tendencia es a quitar a Franco de las placas de las calles y de los pedestales de estatuas. Pero en el caso del Azor, no hay debate nacional: sólo una muerte lenta con olor a naftalina, viento ululando entre los ojos de buey o matorrales creciendo entre las junturas del puente de mando. Y pintadas con spray marrón que rezan: “fachas al paredón”. O “ETA mata poco”.

"Esto es una pena", comenta sobre la cubierta del Azor Miguel Angel, guía turístico argentino, porteño de pro y locuaz como uno de esos juguetes a los que das cuerda y hablan. Miguel Angel, su esposa y su hija han venido a Cogollos porque tienen familia aquí: “Da igual lo que fuera Franco, esto debería ser patrimonio nacional, y el barco es bueno, y se podía recuperar... bueno, ya no, claro”.

A lo que sí ha tenido derecho el Azor es a perpetuar su destino como reclamo publicitario de un asador de chuletillas de cordero. Y de un motel de una planta, alargado e inquietante por momentos, en el que, a eso de las 11 de la noche, y cuando los turistas rezagados han hecho mutis por la Nacional 1, parece que va a asomar el mismísimo Norman Bates para comunicar al atribulado inquilino que él y su madre viven solos en la casita de ahí al lado...

A 40 euros la doble o 32 la individual, uno tiene derecho a tumbarse en la cama y ver pasar las nubes sobre la chimenea azul del Azor.Hay hoteles con vistas al mar, a la bahía, montaña, al río, al valle, a tal o cuál monumento... son habitaciones privilegiadas por las cuales, claro, el esforzado transeúnte vacacional habrá de pagar sabroso suplemento. Aquí, lo más es que te den una habitación con vistas al vetusto Azor. La 9, pongamos por caso.

Pero hoy resulta que, con la llave en las manos y con el calorcito de agosto a las cuatro de la tarde zampándole las neuronas y los efectos del Ribera del Duero abriéndose paso progresiva y cosquilleantemente, el inquilino comprueba que, atención: la llave no abre. Y llama al recepcionista, que también es el camarero, que además barre, y que va vestido de cocinero. Viene.

 - Vaya, pues no abre.

- Ya.

- Se han dejado la llave puesta por dentro.

- Mmmm.

- No importa, tiene solución.

 - A ver.

El camarero/cocinero/barrendero/recepcionista se aúpa, levanta la persiana con las manos y entra por la ventana. Abre. El cliente está fascinado. Ya tiene su cuarto con vistas al estribor del barquito. Si te dan las habitaciones de atrás, siempre te quedará el consuelo de admirar las tanquetas y los cañones de guerra que el empresario burgalés Lázaro González compró como guarnición del plato principal, el Azor, por el que pagó seis millones de pesetas en 1996. Detrás de las tanquetas y de los cañones hay trigales.

A cachos

El bueno de Lázaro, que al parecer simpatizaba con la cosa, o sea, con la causa, compró el barco de Franco creyendo que se hacía con un estandarte de irresistible tirón comercial. Pero cuando comprobó que la Marina no le dejaría montar el restaurante flotante que él quería, desguazó sus ilusiones, y de paso el Azor, y se lo llevó a cachos desde el puerto cántabro de Requejada hasta Cogollos, pequeño y anónimo pueblo burgalés a la sombra de la N-1 y a 15 kilómetros de la capital.

 En total, entre desguaces, transportes y montajes, el corajudo empresario se gastó unos 15 millones. La cosa no funcionó. Decidió hacer una enclave turístico temático, y en la barra de su asador-museo El Labrador podían comprarse fotos de Franco con sus nietas, de Franco con sus atunes y de Franco con sus oficiales. La cosa siguió sin funcionar. O se había equivocado él con el negocio, o se equivocaba la gente, que no iba, o iba poco. Vendió. Montó otro asador. Este sin reclamo naval, y en Burgos capital. Todo más convencional.

Lo que bien podría denominarse el Complejo turístico Azor fue adquirido por unos empresarios del propio Cogollos. “Ya veremos cómo va la cosa, pero la verdad es que viene bastante gente, sí, y muchos te preguntan si es el Azor de verdad, y se quedan alucinados cuando les dices que sí, que es el de Franco”, explica uno de ellos, ocupado febrilmente en servir chuletillas de cordero a los clientes del asador El Labrador.

 En las mesas del bar, grupos de abuelos juegan al tute, al mus, en una jerga ininteligible que sólo queda interrumpida para examinar como bichos raros a los turistas que entran para ver los objetos de labranza del asador museo: garlopines, adoberas, trébedes, zoquetas, tijeras de esquilar, yunques, arados... una cueva de cachivaches instalada junto a un futbolín, una máquina de marcianitos y un billar estropeado. En los bafles se le oye bramar a Sabina. Demasiado tarde, princesa. De repente, se diría que no le canta a una chica, sino a una nave.

A una nave que se llama Azor. Amasijo. Reclamo. Reliquia.

 


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