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escrito por Guillermo Fadanelli
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Ayer fue un día normal; me levante y encendí la televisión, cualquier canal, cualquier programa, un hombre dando cifras, dos mujeres iniciando una polémica, llamadas telefónicas preguntando y sugiriendo estupideces. El día seria largo, sobre todo para un hombre que no trabaja, que nunca ha trabajado; abrí el refrigerador y extraje una botella de vodka Absolut; abrí una caja de Corn Flakes y comí un puño: cereales y vodka, pésima combinación, pero no había más, volví a la cama.
En el piso, algo maltratadas, yacían varias revistas: Interview, Raw, Insólito. Una voz anunciaba desde la televisión las ventajas de usar una pasta de dientes en lugar de otra: sonrisas blancas, dientes que brillan o algo así; tome un par de libros, uno de Patricia Highsmith y el otro Factotum de Charles Bukowski; después de hacer una breve consideración me incliné por el primero; leí entre líneas y más o menos comprendí uno de los relatos: una pareja feliz engendraba un niño con síndrome de Down y la felicidad acababa; el padre salía a la calle y mataba a alguien, a un tipo exitoso de esos que andan con portafolios de piel y una pluma Parker en el bolsillo del saco; se ponía a mano con el Destino; me pareció razonable. Tiré el libro al piso y éste cayó justo encima del Interview. La voz de Cristina agredió mis oídos: entrevistaba a unos enanos; a todos les colgaban los pies de la silla, eran muy presumidos, la gente hablaba por teléfono y los felicitaba: una farsa más. Se me ocurrió pensar que sus padres habían asesinado a algún ejecutivo exitoso. Tomé el teléfono y llamé al programa; mis insultos no salieron al aire y los enanos continuaron pensando que eran normales. Otro trago de vodka y otro puñado de cereales. Las horas transcurrían lentas; afuera llovía; mucha gente se mojaba y el agua hacia surgir el olor de sus miasmas y secreciones acumuladas, luego subían al Metro y apestaban; todo el mundo apestaba. En la televisión estaba mi programa favorito, un concurso infantil llamado TVO. La animadora usaba hermosas minifaldas, pantalones muy cortos y seductores, estaba rodeada de adolescentes excitantes y de pequeñas larvas que se tiraban al suelo para ganar objetos de plástico, radios, galletitas, y esas cosas que ofrecen normalmente en los programas de concurso; era fascinante, superior a cualquier película pornográfica italiana, superior incluso a las vendedoras de autos que acarician palancas de velocidades, asientos de terciopelo azul y espejos retrovisores. El programa terminó con una hermosa canción que decía algo así: "Levanta la cara y adelante, no pierdas la fe ni un instante." Volví a la cama, esta vez con el libro Psicosis americana de Bret Easton Ellis; leí la descripción de una violación y un asesinato durmiéndome antes de que el protagonista Patrick Bateman le serruchara las piernas a una prostituta. La siesta fue breve pero sustanciosa. En la televisión transmitían las noticias; le dí otro trago al vodka y lo acompañe con un puñado de cereales. Tomé el teléfono e hice varias llamadas al azar; si escuchaba una voz joven, le hacía propuestas obscenas; no soportaban más de un minuto y colgaban. El juego me aburrió pronto y volví a la cama. Allí terminé la botella de vodka Absolut, importado de Suecia. |