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escrito por Guillermo Fadanelli
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Los recuerdos no deberían durar más de tres o cuatro días, pensaba esa noche Cristina mientras se aproximaba con pasos cautelosos a la cajuela del auto, no por terror a ser descubierta o sorprendida pervirtiendo la soledad de una noche al parecer tranquila, sino porque el ruido descarado de sus tacones provocaba en ella un aire de víctima, de intrusa.
No era la primera vez que aquel auto se encontraba estacionado en el mismo lugar, de modo que Cristina podía reconocerlo fácilmente, un auto casi nuevo, de pintura impecable y neumáticos lustrosos; debía uno sentirse tan cómodo allí dentro, tan a sus anchas, escuchando música suavecita, aspirando el olor a terciopelo de las vestiduras, ¿cuánto dinero habría que tener en el banco para decir este auto es mío? ¿Cuántos negocios gordos tendrían que hacerse en la vida para darse el lujo de fumar allí dentro? Cristina se dio cuenta que bajo la luz amarfilada del farol callejero, su bolso adquiría un matiz semejante al color de los asientos del auto: rojo quemado, como el de la sangre cuando brota de noche y busca la luz y tiene que abrirse paso entre las sombras. Si uno carga con todos los recuerdos termina hundiéndose, medio especulaba Cristina, por eso mi memoria nunca irá más allá de los tres dias, ¿para qué darle vueltas a lo mismo? Después de todo, todo vuelve a aparecer y tarde o temprano nos encontraremos con los mismos hijos de puta que pensábamos se habían perdido para siempre; todo es caminar en círculo para después hundirse, exhaustos, en el centro de ese mismo círculo, sin saber nada, sin saber por qué las cosas terminaron tan rápido. |