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É r a s e u n par de piernas indecentemente espigadas, que le daban juego al movimiento de la cintura estrecha de su dueña, que no lo era.
A aquella amazona, rizosa y pelirroja, los nenes se le amontonaban haciendo cola a sus pies. Y a los de su cama. Ella, qué duda cabe, tenía amor para todos y cada uno de ellos. “Pasen, pasen y besen (me). Pero, por favor, no se me queden demasiado tiempo dentro”, les decía. Que unos, en esta vida, coleccionan piezas de maquetas. Otros, conchas o llaveros o postales del Betis balompié; o cromos de Mafalda, tal vez. Hay colecciones inverosímiles; no podría ser de otro modo en la especie humana... Todos guardamos cositas para no hacerles demasiado caso luego. Oda al extraño placer de poseer... Que luego, bien se llenarán de polvo. Que el tiempo pasa y la vida no espera, le contaron una vez. Ella, una cualquiera que escribe esto, coleccionaba pulcra y salivosamente amantes. Posaba sus fotos en la mesilla de noche. Bien avenida de condones y principios, hacía inventario de orgasmos y mimos varios. Porque, no sé si lo dije antes, cada uno colecciona lo que quiere. |